En Honduras se padece de periodos recurrentes de escasez de alimentos debido a la fragilidad de su producción ante fenómenos naturales como las sequías y los excesos de lluvia.

Al depender básicamente de dos productos – maíz y frijoles – que constituyen la esencia de la dieta del hondureño, cualquier factor que afecte la producción de estos (y otros) alimentos desestabiliza las economías familiares y produce aumentos súbitos en la desnutrición, conocidos como desnutrición aguda, sumando estos episodios procesos de desnutrición crónica y una constante de inseguridad alimentaria y nutricional.

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Las consecuencias de esta situación van más allá de las estadísticas. La inseguridad alimentaria y nutricional es la negación de un derecho esencial para el desarrollo humano integral y vulnera la misma médula de la sociedad, siendo parte de un sistema de desigualdad y exclusión que se alimenta a sí mismo para seguir creciendo y enredando a las futuras generaciones en una lucha desigual.

Tal es la situación de la desnutrición crónica que pone al país a competir en una plataforma muy desigual; es como participar en una carrera de 100 metros empezando 50 metros antes del punto de partida, nunca se podrá llegar antes que los que empiezan en la línea cero.

Con el fuego empeoramos la situación

Sin embargo, los hondureños seguimos actuando para empeorar esta situación a través de, entre otras, una práctica agrícola abominable: el fuego como instrumento de labranza.

En estos días pasados, viajando por el país nos encontramos con densas nubes de humo causado por esas quemas en preparación para las próximas siembras de primera o primavera. El efecto de este fuego va más allá del molesto humo que nos irrita y aumenta las enfermedades respiratorias, reduce la visibilidad de la navegación aérea y hace más extremo el efecto invernadero que nos incrementa el calor. Este fuego nos descapitaliza y reduce nuestra capacidad de ser granero de nosotros mismos, no digamos de Centroamérica, como románticamente soñamos.

Quizá el más inmediato y dañino de los efectos de estas quemas es la pérdida de la materia orgánica, la que queda “chamuscada”. La materia orgánica es un conjunto de residuos o restos de plantas y animales que, mediante la acción de micro organismos vivos, pasa a formar la parte orgánica del suelo y su fertilidad. Sin materia orgánica la producción se hace más difícil y costosa, pues demanda una cantidad importante de productos químicos, los que eventualmente pueden ser dañinos.

Al eliminar la materia orgánica eliminamos la fertilidad natural del suelo y el balance adecuado entre acidez y alcalinidad. Además de esa pérdida de materia orgánica y de la vegetación baja que cubre el suelo, éste queda desnudo y generalmente es lavado por las primeras lluvias.

Esto tiene una consecuencia a largo plazo, pues en las primeras lluvias se puede lavar o erosionar unas 600 toneladas de suelos bueno por hectárea, lo que a la naturaleza le ha tomado 600 años en construir lo perdemos en unos pocos días. Piense que un comerciante le pone fuego a su tienda todos los años pretendiendo renovar su inventario, eso es lo que estamos haciendo los agricultores, poco a poco nos vamos descapitalizando.

Esto provoca una pérdida gradual de la productividad y puede llegar al extremo de hacernos perder totalmente la capacidad de producción ¿ha oído a aquél que dice que le están creciendo piedras en su terreno? Esa es la descapitalización, ya solo quedan los escombros, las piedras testigos de que alguna vez estaban enterradas.

Al eliminar la materia orgánica y perder el suelo superior también reducimos la capacidad de infiltración del agua en el suelo, mandando toda esa agua hecha lodo con el suelo erosionado hasta las zonas bajas y los mares. De esta forma afectamos no solo la capacidad productiva del terreno quemado sino que también la capacidad productiva de las zonas bajas, los ríos se azolvan y los valles se vuelven más susceptibles a las inundaciones no programadas y dañinas.

Al mismo tiempo, las zonas medias y altas se vuelven más vulnerables a las sequías, pues la falta de infiltración resulta en menor disponibilidad de humedad para sobrellevar los periodos secos durante el proceso productivo, particularmente las canículas. La producción de todo el país es afectada, encareciendo los productos y obligándonos a importar alimentos.

También es común que el fuego para la preparación de tierras se desborde y provoque incendios forestales y de matorrales, degradando mayores territorios al causar todos los males antes dichos: pérdida de materia orgánica, erosión, escorrentía, falta de infiltración y quebrando mayor del ciclo hídrico.

Daña importantes ecosistemas matando el hábitat de especies silvestres y reduce la capacidad de los bosques de servir como lugar para la recarga hídrica, exacerbando los dos temidos extremos: destrucción por inundaciones violentas, deslizamientos y pérdida productiva, por un lado; y, por el otro, sequías severas que afectan la disponibilidad de agua para consumo humano.

Las más de las veces, estos daños son irreversibles, causando mayor descapitalización y la necesidad de poblaciones de buscar otros medios de vida, pues los bosques ya no se los suministran. Es la migración económicamente forzada cuyos efectos son conocidos.

El fuego afecta la seguridad alimentaria

Los efectos de esta situación en la seguridad alimentaria son directos y multifacéticos; afecta los cuatro pilares de la seguridad alimentaria y nutricional, y vulnera el derecho a la alimentación. En primer lugar, reduce la disponibilidad de alimentos, puesto que a la larga reduce la productividad, es decir la producción por cada manzana sembrada. Este efecto solo se contrarresta con mayor incorporación de tierras, muchas veces marginales, a la producción.

Si no se quemara, podríamos aumentar la productividad por manzana y de ahí reducir el efecto negativo en la disponibilidad de alimentos.
También causa inestabilidad, pues, al hacer que las tierras en producción sean más vulnerables a las variaciones climatológicas – sequías, excesos de lluvias – genera incertidumbres y gran variabilidad en los suministros de alimentos básicos a la población en general.

Pero lo que parece un suicidio anunciado es cómo los mismos productores ven mermados sus ingresos y su potencial de adquirir otros alimentos que no producen, justo porque no alcanzan a producir suficiente para el mercado, confirmando un círculo vicioso de dependencia en el autoconsumo reducido: la pobreza. Estas poblaciones de productores, a su vez, al no contar con ingresos adecuados, no consumirán la diversidad mínima de alimentos, por lo que sus familias sufrirán otros tipos de malnutrición como deficiencias proteínicas y vitamínicas.

Eliminemos el fuego en la agricultura

En primer lugar, el fuego no es un buen instrumento de labranza. Si bien limpia, limpia demasiado. Por tanto, es mejor utilizar otros mecanismos de limpia, como buenos sistemas de chapia para preparar el suelo para la siembra. Hay muchos métodos, pero uno que personalmente he encontrado apropiado es chapear poco antes del final de la temporada de lluvias, de manera que el rastrojo chapeado inicie su descomposición, aumentando la materia orgánica y reduciendo el material combustible durante el verano. Esto permite que, al momento de siembra en la siguiente temporada, la materia orgánica generada por el rastrojo en descomposición haya mejorado la fertilidad.

El rastrojo disperso en el terreno que no se ha descompuesto del todo sirve para reducir la fuerza de las primeras lluvias en la erosión y aumenta la infiltración. Ahora se puede sembrar “en crudo” o cero labranza, sin más que una repasada de la chapia por aquello de las plantas bajas que crecieron aun en verano. Así habrá mejores probabilidades de una buena cosecha, pues el terreno ha retenido mejor la humedad y no se ha perdida suelo. Así estamos mejor preparados para afrontar las variaciones de lluvias dentro de la temporada.
Estos sistemas sencillos de producción se refuerzan con el uso de buena semilla adaptada a la zona, especialmente precoz en el caso de pronósticos de una canícula temprana y severa.

Nuestra responsabilidad es grande: Hay que eliminar el fuego como práctica agropecuaria porque nos descapitaliza. Los fondos del estado, sea vía préstamo o vía bonos agrícolas, deben promover, exigir, que los agricultores y ganaderos no quemen sus tierras para sembrar o para “regenerar” pasturas.

Carlos Andrés Zelaya / Economista Agrícola

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