Regeneración del suelo

Durante décadas, la agricultura en hondureña está operando bajo una premisa que hoy se desmorona: la predictibilidad. Sembrábamos confiando en un calendario de lluvias que, aunque imperfecto, era suficiente para tomar decisiones productivas. Ese mundo ya no existe. La irrupción de frentes fríos provenientes del hemisferio norte en enero y febrero de 2026 —en plena temporada seca— lo dejó claro. Las lluvias inesperadas, lo más reciente de que el clima se ha convertido en el mayor factor de incertidumbre que enfrentan nuestros sistemas alimentarios. 
Lo que vivimos no es una anomalía; es el reflejo de un cambio estructural. De acuerdo con el informe Solaw 2021 de la FAO, el suelo y el agua están sometidos a presiones que han alcanzado el límite de su capacidad productiva. Honduras y Centroamérica no están exentos, estimándose que el 40% del territorio nacional presenta algún grado de erosión. Es una cifra que explica por qué nuestras emergencias climáticas ya no son solo fenómenos meteorológicos, sino crisis productivas que se repiten con más fuerza cada año.
Esa tensión se vuelve aún más evidente cuando recordamos que más del 95% de los alimentos del mundo se produce en la tierra, como advierte la FAO. Sin embargo, el 33% de la superficie terrestre global ya presenta degradación asociada a actividades humanas.
Por eso, la adaptación agrícola no puede seguir siendo un concepto de conversaciones internacionales. Es una urgencia de supervivencia para productores, territorios y mercados. La FAO estima que para 2050 el mundo deberá producir cerca de un 50% más de alimentos, fibra y biocombustibles que en 2012 para abastecer la demanda. ¿Cómo lograr ese incremento si seguimos trabajando sobre suelos que se degradan más rápido de lo que somos capaces de recuperarlos? ¿Cómo sostener nuestra agricultura si el clima dejó de ser predecible, pero nuestras prácticas siguen ancladas a un modelo que asumía la estabilidad?
Sin suelos sanos no hay futuro agrícola
La respuesta no está en volver atrás, sino en avanzar con decisión hacia prácticas que restauran en lugar de agotar. La agricultura regenerativa no es una tendencia; es una estrategia basada en evidencia. Lo que falta es la voluntad de integrarlas de forma sistémica y sostenida.
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente ha documentado que restaurar ecosistemas degradados es significativamente más rentable que asumir los costos económicos, productivos y sociales de la inacción.
La solución está bajo nuestros pies
Pero hay un hecho crucial que no debemos olvidar: el suelo, a diferencia del clima, sí responde. Un terreno con cobertura vegetal permanente y materia orgánica en recuperación puede adaptarse mejor a los extremos, amortiguar lluvias, resistir sequías y sostener la productividad. Esa es la diferencia entre un sistema productivo al borde del colapso y uno capaz de regenerarse. Necesitamos una gestión de tierras y aguas más inclusiva y adaptativa, capaz de asignar recursos de manera justa y responder al riesgo climático.
Las lluvias y la sequía no son un accidente, son el recordatorio caro, doloroso y necesario de que nuestra agricultura no puede seguir operando con un calendario que ya dejó de existir. Y también nos recordaron que la solución está, literalmente, bajo nuestros pies.


