Restaurando la biodiversidad en Omoa

Río Chiquito, Omoa, Cortés. En el barrio El Salto, rodeado de ríos, montañas y una biodiversidad que aún resiste, vive y trabaja don Juan Ariel Navarrete Melgar, productor agrícola y defensor del medio ambiente, quien ha dedicado su vida a cultivar la tierra con respeto por la naturaleza y compromiso con las futuras generaciones.
Su finca, ubicada en esta comunidad rural del municipio de Omoa, es un ejemplo de producción diversificada y sostenible. En ella se cultivan cacao, maíz, yuca, frijol, cítricos como naranja y limón, además de una amplia variedad de frutales y árboles forestales, entre ellos caoba, cedro, laurel, canela, coco, mango y aguacate.
“Yo le debo mucho a mis padres. Ellos siempre nos inculcaron sembrar árboles, cuidar la ribera de los ríos y protegerlos para que los fenómenos naturales no nos afecten tanto”, expresa don Juan, recordando las enseñanzas que hoy se reflejan en cada rincón de su finca.
La conservación ambiental no es para él un concepto abstracto, sino una práctica diaria. En su propiedad conviven diversas especies de fauna silvestre como cusucos, pizotes, tacuazines, monos nocturnos, ardillas y felinos silvestres, evidencia de un ecosistema que se mantiene saludable gracias al manejo responsable del territorio.
Padre de cinco hijos, don Juan ha transmitido a su familia la vocación por el trabajo agrícola y el amor por la tierra. Sus hijos participan activamente en el manejo de una finca de cacao injertado, apoyando en las labores de cultivo y cosecha, fortaleciendo así la seguridad alimentaria y los ingresos familiares.
Este esfuerzo local se ha visto fortalecido con el acompañamiento del proyecto Enlazando el Paisaje Centroamericano, ejecutado en alianza por FUNDER, UICN y KfW, junto a comunidades y co-manejadores de las áreas protegidas Refugio de Vida Silvestre Cuyamel, Parque Nacional Omoa y Parque Nacional Cusuco.
A través de esta iniciativa se han implementado sistemas agroforestales y silvopastoriles, permitiendo la restauración de aproximadamente 340 hectáreas de tierras que anteriormente se destinaban al cultivo tradicional de granos básicos y ganadería extensiva. Hoy, estos espacios integran cacao, rambután y otros frutales, junto a especies forestales como caoba, cedro, laurel, Inga edulis y Gliricidia sepium, contribuyendo a la recuperación del paisaje y la protección de las fuentes de agua.
“Los técnicos siempre están apoyándonos, aportando plantas y asistencia técnica. Nosotros ponemos el trabajo: sembrar, cultivar y cuidar”, señala el productor.
Para don Juan, vivir en el campo es sinónimo de paz, dignidad y esperanza. Reconoce que la agricultura no hace millonarios, pero sí garantiza el sustento diario y una vida en armonía con la naturaleza.
Su mensaje para otros agricultores es claro: cuidar el medio ambiente es una responsabilidad compartida.
“Tal vez nosotros ya vamos de salida, pero vienen nuestros hijos, los jóvenes y los niños. La mejor herencia que podemos dejarles es un campo rebosante de vida”, concluye.


